3- Del amor al odio

SE ENAMORÓ DE SU EMPLEADA DOMESTICA, TUVO UN HIJO CON ELLA Y TERMINÓ DEGOLLANDOLA CUANDO LA PERDIÓ

Cada casa encierra un mundo. Detrás de cada puerta hay una historia forjada en el agridulce de alegrías y tristezas. De amores y odios. Abrir la de una humilde vivienda prefabricada del Barrio Virgen de Lujan en Embarcación presentaba la de una joven chaqueña con sus tres hijos. Dos nenas de 13 y 4 y un varoncito de 2.
     Para este Diciembre llevaba tres años instalada. Se ganaba su platita de comer como lavandera o domestica y era visitada por un hombre de Pichanal mayor que ella y de mejor posición con el que podían dar fe sus vecinas, vivía una relación tormentosa.
     
La Mirta” para todos se llamaba Mirta del Valle Orozco y tenia 36 años. Hermana mayor de una prole de once vástagos nacidos en un Puesto de Yuchán varios kilómetros al sur de Pichanal.
      Con los 18 cumplidos y la primaria completa emigró a trabajar de mucama en las casas de la ciudad volviendo al pago a los 23 con la panza llena para alumbrar a una niña sin padre que no dejó para que criaran los abuelos sino que la llevó consigo adonde el destino dispusiera.
      Anduvo por Colonia y pasando unos años se embarazo de nuevo naciendo su segunda chancleta de autor anónimo. En ese tiempo entró de empleada en la casa de Don Juan Manuel Torres Durán, un mecánico tornero del Cruce muy renombrado, casado, casi veinte años de diferencia  con ella. Limpiaba su doble piso ubicado detrás de un imponente galpón en el primer loteo de
la Misión San Francisco siempre saturado de camiones y tractores en arreglo.
     Parafraseando un tango de Celedonio Flores al patrón empezaba a “fallarle la carpeta” y es un hecho que se enamoró a primera vista. Embelesado con su pelo negro y sus ojos tristes.  Y  volvió a ser un adolescente de
15 a los 50 sacando de su galera de aguilucho viejo al picaflor de sus años mozos que se moría de amor en los rincones.
     Era fácil adivinar un caos hogareño en cualquier momento. Sucedió cuando la última en enterarse se enteró y despidió a la sirvienta que hace rato era la patrona clandestina en esa casa de apariencias de cartón. Una maniobra abonada con el desprecio de puta de mierda ladrona de maridos inútil para apagar un romance que no hubiera terminado ni un exilio en Singapur. El mecánico no solo no la dejo de ver sino que fue el novio de ramos de rosas y presentación a los padres, a los que conocía muy bien porque pasaba mil veces por el rancho en Yuchán camino a su finca diez kilómetro al fondo donde criaba chanchos y vaquitas y hasta tenia alguna hectárea de poroto. Y no solo la embarazo sino que reconoció al recién nacido con su apellido y no solo aceptó gustoso la paternidad sino que le plantó una casita en Embarcación que fuera su nidito de amor furtivo lejos y cerca al mismo tiempo. Al idilio, hay que reconocerlo a esta altura del relato, comenzaron a ensombrecerlo los negros nubarrones de los celos.
     La obligación económica por el crío y la distancia minaron el amor que como se sabe muda al odio con una rapidez asombrosa. Torres, un ser amable, bien predispuesto, confiable y educado al decir de sus clientes se transformo en un violento que desconfiaba de la que se sentía su dueño en función al dinero invertido. Que amenazaba dejar en la calle porque todo era de él y matar si se le ocurría engañarlo. Las trompadas reemplazaron a los besos. Los insultos a los juramentos de amor.
     Mirta se tenia que dar vuelta con una cuota inversamente proporcional a la inflación depositada al ritmo lento de las paranoias de carnero de su amante. Todo fue de mal en peor al salir a changuear para subsistir, al retacearle al bebé y a no estar cuando él iba. Se terminó de pudrir con una denuncia por alimentos en el Juzgado de Familia de Tartagal que lo excluyó del hogar con la prohibición de acercarse a menos de una cuadra por sus maltratos recurrentes y su incumplimiento de asistencia. La tragedia avanzaba.
      Ocurrió cebada por la certidumbre que ella salía a pasear con un primo y se veía con un tipo de la vuelta que la venía ayudando. A Torres le saltó la chaveta. Le quemaron el cerebro las chispas de sus tornos y la madrugada del 9 de Diciembre se cargo con el peso del odio amasado contra ella se subió a su Fálcon rojo y la fue a buscar. La sentencia pasional de MIA O DE NADIE fue el eje de una golpiza de enajenado. Le pegó con una manguera dura, con un palo. Con los puños le pegó.
      La hija de 13 que volvía a la casa la vió tiritando, vomitaba, con los ojos en blanco y supo que algo terrible iba a pasar. No le creyó al amante barbudo que la metió en el auto, le tapo la cara con un trapo y le dijo que la levaba al hospital para que la curen.
       Atrincherada con sus hermanitos espero hasta el mediodía con la esperanza de un retorno a esas horas imposible. Le habló a un remisero vecino que advirtió en el fondo de sus ojitos enrojecidos de llanto un terror que no era cagada. “Algo malo le pasó a mi mamá” repetía. El comedido fue con la noticia urgente a Yuchán y entero a Pedro Orozco (62) el padre de Mirta. Este, en la comisaría de Pichanal, a las 17.30 puso una denuncia contra el que su nieta conocía como Don Torres. Presumía un secuestro.
       La policía rodeó el taller del sospechoso. Trabajaba en una máquina que centelleaba. Dijo que no sabía nada de la mujer. No entiendo de que me hablan. Que no le hincharan las pelotas que llamaba  a su abogado. Que no tenía porque ir detenido si no había hecho nada. La actuación no logró efecto. En la comisaría se aplacó. El golpe de gracia fue subirlo a un móvil con destino a su finca de Yuchán. Ahí debe tener a la chica pensaban. En el camino su conciencia puso las cosas en su lugar. Despachando la verdad de la culpa no del rapto cuanto a la muerte de su amante.
       Indicó donde la había dejado tapada con un plástico en la fantasía que los bichos del monte no dejaran ni su recuerdo. Los llevó por la 34 al norte. Los hizo doblar por el tramo viejo que nace después de la finca San José y antes de la curva. Los guió unos tres  kilómetros hasta un camino vecinal en medio de un bosque tupido y señaló unos doscientos metros delante, al costado de unas vías muertas, camuflada entre unos yuyerales altos, a la que había sido su amor. Degollada.
        Con el resultado de la autopsia se podía reconstruir el desenlace del drama. Tres veces le pasó el cuchillo por la garganta. Hasta el hueso. Seccionando todos los grandes vasos de las vías aéreas mediante un mecanismo de degolladura. Los hematomas de las rodillas dan a pensar  que estando arrodillada y tirada de los cabellos hacia arriba. Murió por shock hipobolémico e insuficiencia respiratoria aguda efecto de las lesiones con arma blanca. El elemento incriminador, un cuchillo carnicero con mango de hueso y tachas fue secuestrado ya limpio, lavado y guardado en la cocina de la casa. Dicen que durante las actuaciones Torres lloraba. Matar a la amante, habrá reparado, dejo a tres criaturas sin madre y lo dejó tan enterrado como ella.


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